viernes, 15 de marzo de 2019

Los Límites del perdón.


Para entender Los límites del perdón, hay que hacer referencia a la figura de HitlerHitler y los nazis hicieron responsables a los judíos tanto de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial como de la crisis económica. Muchos creyeron en él y gracias a este mensaje y a la promesa de convertir a Alemania en un país fuerte y poderoso económicamente, Hitler y su partido alcanzaron el poder en el año 1933.
Los nazi pensaban que la raza aria era la mejor y los judíos pertenecían a otra, inferior. Este  pensamiento dio lugar al que quizás sea el crimen más grande de la historia. Campos de concentración como los de Auschwitz y Treblinka – Después de haberlos buscado en Internet, tengo como resultado 58 campos de concentración,   ,cámaras de gas, y el asesinato de seis millones de personas. Entre los supervivientes, se encuentra Simón Wiesenthal, autor de Los límites del perdón, cuyo contenido relata –antes de llevarnos al terreno en el que nuestra conciencia debe tomar una decisión-, las indescriptibles escenas de terror a las que millones de personas, a consecuencia de su origen, tuvieron que hacer frente como prisioneros de un campo de concentración.
Simón Wiesenthal, arquitecto, estudió en la ciudad polaca de Lemberg, en cuyas cercanías se encontraba ahora en condición de preso de un campo de exterminio alemán.
El autor nos cuenta cómo ya en su época de estudiante la llamada “juventud dorada” de Lemberg, se ensañaban contra los judíos estudiantes. De hecho habían creado el “día sin judíos” con la esperanza de reducir el número de licenciados judíos.
Entre los amigos de Simón Wiesenthal en el campo de concentración, se encontraban Josek y Arthur (con quien arrastraba una vieja amistad), Josek era judío y una persona  muy religiosa .Sin embargo, Arthur era una persona sumamente irónica y realista.
En los campos de concentración a los judíos se les humillaba de todas las maneras posibles. Los soldados de la SS se divertían pegando a los prisioneros , se les ahorcaba, pisoteaba, les soltaban perros adiestrados…
Los soldados de la SS formaban la policía militarizada del Partido Nacionalsocialista alemán, y fue creada como guardia personal de Hitler en 1922. Como organización fue condenada en el proceso de Nuremberg (1946), lugar donde se celebró el proceso contra los criminales de guerra nazis.
Durante una de las salidas del campo de concentración, Simón ve un cementerio con girasoles en las tumbas. Simón quedó hechizado con un concreto girasol –“recto y firme, nos dice, como un soldado”-, de vivos colores y con mariposas revoloteando a su alrededor -las cosas sencillas de la vida cobraran ahora una relevancia especial-.
Curiosamente, por primera vez Simón pensaba en la proximidad de la muerte. Los girasoles tuvieron un particular significado para él –eran la unión entre la vida y la muerte; entre la supervivencia y la aniquilación-, de manera que su imagen y su recuerdo permanecerían en su memoria con ocasión de acontecimientos posteriores. De hecho, reaparecen a lo largo de todo el libro.
Al llegar a su destino, su antigua Facultad reconvertida ahora en hospital, una enfermera pregunta a Simón por su origen judío. Momentos después tendrá lugar el insólito encuentro que inspirará, posteriormente, la historia de Los límites del perdón.
Después, Simón se encontraría ante un joven soldado de la SS, de 21 años, postrado en una cama y al borde de la muerte.
Karl, nombre del soldado de la SS, fue educado en la religión católica por unos padres “buenos y cariñosos”. De hecho, él mismo creía firmemente en Dios y en los mandamientos de la Iglesia cuando era niño. El párroco de su iglesia, donde habitualmente ayudaba, esperaba que algún día estudiara Teología. Pero Karl era joven, y como cualquier muchacho de su edad, anhelaba tener experiencias nuevas y conocer mundo, por lo que se afilió a las “Juventudes Hitlerianas” (organización cuya ideología se basaba en el odio a los judíos, convirtiendo a jóvenes en asesinos. Todo lo que sabía Karl sobre los judíos provenía del adoctrinamiento y de una venenosa propaganda nazi, según la cual, eran culpables de todas sus desgracias). Hecho que, además de disgustar a su madre, le hizo merecedor de la enemistad de su padre, quien le retiraría la palabra de por vida.
Karl confiesa a Simón un terrible crimen cometido un año antes, que según dice, “le tortura y sin cuyo relato no podría morir en paz”. El joven soldado cuenta cómo se alistó como voluntario en la SS y tras unirse a una unidad de asalto, llegan a la ciudad ucraniana de Dnepropetrowsk, donde un edificio con unos 200 judíos en su interior y previamente minado con bidones de gasolina, es incendiado por los soldados de la SS (incluido Karl). Para escapar del infierno, familias enteras saltan por las ventanas envueltos en llamas en medio de los disparos de la SS. Y una de estas familias con su hijo en brazos, ardiendo y presa de la desesperación, quedará grabada para siempre en la memoria del soldado moribundo.
Es una imagen que le atormentará incluso en el frente, cuando es herido mortalmente por un obús. A pesar del sufrimiento que la metralla le ocasionaría –su cuerpo estaba hecho trizas-, el peor de los dolores sería causado por su conciencia -“No puedo morir… sin lavar mi conciencia…”, decía. Por lo que el herido pidió a Simón, en su calidad de judío, que le perdonase de su horrendo crimen. A continuación, Simón guardó silencio y se marchó, rehusando posteriormente las pertenencias que le había legado durante sus últimos minutos de agonía.
A estos sucesos siguieron años de sufrimiento y de muerte. Arthur murió en brazos del autor. Josek, enfermo y sin fuerzas, murió víctima de un tiro de la SS, como “castigo por ser un gandul”. La cámara de gas funcionaba ahora sin descanso, -nos cuenta estremecedoramente Simón-, y muchos más, serían fusilados.
Finalmente, Simón es liberado del campo de concentración de Mauthausen, donde experimentó sus últimas humillaciones, pero la duda y preocupación por el encuentro con el joven soldado de la SS, era constante y permanente. Lo que le llevará a Sttugart, a encontrarse con la madre del joven soldado fallecido.
Simón tiene ahora ante sí a una débil anciana, ya viuda y profundamente abatida por el dolor, destrozada por el recuerdo de su marido y de su hijo -“era un muchacho encantador,…un gran muchacho…que nunca había hecho nada malo”, le manifiesta. Convencido de que tenía ante sí a un ser bondadoso, Simón siente lástima y compasión por ella y se despide sin quebrantar la fe que tenía en la bondad de su hijo.
Tras la liberación, sin familia y sin hogar (recordemos que Simón perdió prácticamente a toda su familia, parientes y amigos), Simón Wiesenthal invirtió el resto de su vida investigando a criminales de guerra nazis, a fin de que fuesen llevados ante la justicia.
Su trabajo llevó al arresto de numerosos criminales destacados, conocidos líderes de la Gestapo, notorios –por su crueldad- comandantes y guardias de campos de concentración … recibiendo
–inexplicablemente, a mi juicio-, algunas críticas por su lucha. Críticas que fueron contestadas con el argumento de que semejante barbarie jamás volviera a repetirse, “debía hacerlo para que la gente no olvidara”, declaró en cierta ocasión Simón Wiesenthal.
Finalmente el autor nos plantea una difícil y complicada tarea que consta de dos  partes. La primera, juzgar si su comportamiento –su silencio-, fue correcto o incorrecto. Y la segunda, imaginar mentalmente la situación vivida por Simón y contestar a la pregunta, qué habría hecho el lector en su lugar.


AUTORES ELEGIDOS

Aunque se nos pedía elegir un autor, yo he querido hablar de 2, ya que sus argumentos me convencen de una manera u otra.

Mark Goulden es el primer autor que he elegido, ya que creo que ningún otro autor responde de forma tan clara al dilema que expone Simón.
Este periodista británico , expone con claridad la evidencia de unas terribles atrocidades que el mundo ha tratado o trata de olvidar. Reflexiona en torno al olvido 

Desde mi punto de vista creo, como el autor, que las sociedades del ahora, intentamos vivir ajenos a las guerras que ocurrieron hace no tanto como parece. 
Al igual que el autor, pienso que el mundo no debe olvidar lo ocurrido para que no suceda nunca más. Olvidar los hechos equivaldría a olvidar a las víctimas, su sufrimiento y su dolor. Además, coincido no sólo con Mark Goulden, sino con la mayoría de los autores, en que no se puede ofrecer una respuesta genérica a la cuestión que nos plantea Simón Wiesenthal. Es una disyuntiva que requiere una respuesta individual, que, a mi parecer, resultará influida por la educación, los valores, los principios, las creencias y las experiencias personales de cada uno.


Para terminar, he elegido a Albert Speer, que obedece a la  sensación que produce encontrar a alguien que, por decisión propia, reconoció, en los Juicios de Nuremberg, su responsabilidad por los crímenes cometidos. Arrepentido de sus actos.
Destacar la fortaleza moral de Simón Wiesenthal, que tuvo la valentía de sentarse frente a frente con su “verdugo”.
 Coincido con este autor en que la actitud de Simón fue humanitaria y bondadosa, tratando de ayudar a Speer en vez de reprocharle las miserias sufridas. Fue tolerante y compasivo, aliviando la culpa moral de una figura destacada del nazismo.

OPINIÓN PERSONAL

Hay muchos autores que dan sus argumentos, en la segunda parte de “Los límites del perdón” por lo que podré inspirarme en ellos. Además, he de decir que la lectura de dichos argumentos me ha resultado bastante interesante, al igual que la primera parte del libro.
Para empezar, he de decir que he estudiado en un colegio religioso y vengo de una familia católica por lo que he tenido, desde siempre, principios y valores cristianos. Por lo que creo que mi opinión debe ser dada desde el punto de vista de mis creencias y mi educación.
                Pues bien, para mi religión, la Iglesia posee el poder de perdonar los pecados a través del sacramento de la penitencia. La penitencia o confesión supone borrar los pecados tras un examen de conciencia.
                Recordemos pues, que el soldado Karl examinó en su interior y, podríamos pensar que motivado por la educación cristiana recibida cuando era niño, encontró que una de sus acciones atormentaba su conciencia, sentía un profundo dolor por esta acción y en su confesión había un sincero arrepentimiento. Lo que no sabemos, es si de haber sobrevivido no hubiera seguido cometiendo crímenes y si hubiera estado realmente arrepentido del mal causado.                Que se debe conceder perdón a los que se arrepienten sinceramente, es un pensamiento que comparte tanto la ética cristiana como la judía. Sin embargo, en mi opinión , nadie que nunca haya estado en una situación tan complicada como la de Simón puede, juzgar su “silencio” junto al soldado moribundo.
Por esta razón, no sé si realmente perdonaría o no, ya que no sabemos cómo reaccionaríamos a dicha situación. Creo, que ante todo, reaccionaría según mis principios y lo perdonaría, ya que creo que debemos perdonar si se está realmente arrepentido, porque cualquiera en algún momento de su vida puede equivocarse, aunque es verdad, que no podemos comparar cosas del día a día con estas atrocidades.


1 comentario:

Unknown dijo...

Hombre desde el punto de vista religioso se perdonaría todo, pero hay cosas como esas que yo creo que son imperdonables, ya que no sólo mató a una persona, sino a muchas. Que eso ya no es un error, ya serían muchos y muy graves. Pero claro cómo bien dices, ninguno de nosotros hemos estado en una situación así para saber lo que hacer. Pero vamos visto desde fuera, yo sinceramente no lo perdonaría, y también estoy educada con valores y principios católicos al igual que tú.

Vanesa Durán