miércoles, 28 de febrero de 2018

El Girasol - Simon Wiesenthal (Lucía León)

El Girasol

Simon Wiesenthal 

RESUMEN:            

 En este libro, el autor Simon Wiesenthal relata la historia de su vida, de cómo fue recluido durante cuatro años en varios campos de concentración.

Nos hace testigos del irracional odio nazi hacia los judíos, de las brutalidades que podían llegar a cometer mientras el resto del mundo y hasta su dios parecía haberse olvidado de ellos. El autor narra con rabia y cierta impotencia escenas que tuvo que presenciar cada uno de los días de su condena; a la vez que dibuja en nuestras mentes una atmósfera oscura, penosa y brutal, donde la muerte parece estar más viva que la propia vida.

 El libro se centra principalmente en un suceso que ocurrió a Simon en uno de sus días de trabajo en el campo de concentración: cuando debía realizar trabajos de limpieza en un hospital de guerra, una enfermera lo llevó sin darle explicaciones al lecho de un soldado de las SS moribundo. El soldado, aunque joven, tenía el rostro cubierto por vendas que no permitían a Simon adivinar sus rasgos. Más tarde descubrió que tenía 22 años, algo que no lo sorprendió ni despertó la compasión en él. Había visto muchos niños judíos ser asesinados sin motivos por hombres con el mismo uniforme que solía llevar aquel a quien tenía delante.

 El soldado habla (en algo que es más bien un monólogo) con Simon, relatando todas las atrocidades que había llegado a cometer cuando servía a las SS. El tono y la actitud que mantiene dan a Simon la sensación de que el nazi siente más compasión por él mismo que arrepentimiento por las personas inocentes a las que había matado. Al terminar el discurso, el nazi, llamado Karl, pide perdón a Simon, suplicándole que lo perdone. El protagonista guarda silencio y sale de la habitación, dejando a Karl en una situación difícil. No le había negado rotundamente el perdón, pero tampoco se lo había concedido.

Simon descubre al día siguiente que el nazi había muerto ese mismo día, y que le había dado todas sus pertenencias. No las acepta, y son enviadas a la madre del soldado, a la que el protagonista visita cuando recupera su libertad.

El resto de su vida, estando en otros campos de concentración y finalmente siendo libre, la pasa reflexionando sobre su decisión. Se encuentra en el dilema moral de negar el perdón a un asesino o perdonar a un hombre arrepentido.

OPINIÓN:           

Hace algunos años mi opinión habría sido clara e inamovible. No lo perdonaría. Es más, haría sufrir a ese nazi todo lo que él había hecho sufrir a miles de personas sólo por ser diferentes. Se lo recordaría cada día de su vida para alargar esa angustia, y para que fuera consciente de lo que había hecho.
Ahora, sin embargo, no puedo posicionarme totalmente a favor de ninguna opción. Mi primera opinión, de hecho, fue no perdonarlo; aun así, reflexionando cada argumento, es casi imposible determinar qué es lo correcto. Es cierto que, sin estar en el lugar de Simon, sin haber vivido todas esas experiencias traumáticas y sin haber presenciado todas las atrocidades que él vio, me parece egoísta e injusto siquiera tratar de dar mi propia opinión. El único que podía decidirlo era él, pensando e intentando mostrar calmadamente los sentimientos que le provocaban las palabras de Karl en aquel preciso momento.
En resumen, mi balanza se inclina casi totalmente a favor de negarle el perdón, pero en este caso particular hay algo que me retiene: el hecho de que parece que el nazi ha sido engañado, adoctrinado y que no tenía idea de dónde se había alistado. Las personas que actúan por propia voluntad y cometen algún delito me repugnan. Las adoctrinadas, aparte de asco, me dan lástima. ¿De verdad no son capaces de pensar críticamente lo que hacen? ¿Son mentes tan débiles que siguen órdenes impuestas sin más? Si es así, y si finalmente se dio cuenta de lo ignorante que había sido, habría una pequeña razón por la que no perdonarlo nos haría sufrir remordimientos. Aunque, por muy arrepentido que estuviera, él sabía que tendría un girasol sobre su tumba al morir y que sería recordado como un héroe. No le importaban los millones de judíos en fosas comunes ni que su matanza continuara: él sólo quería un egoísta perdón para poder morir en paz. Es, sinceramente, difícil perdonar a un monstruo así. Incluso si se trata de un monstruo adoctrinado.


OPINIÓN DE HERBERT MARCUSE:          




Herbert Marcuse, filósofo y sociólogo judío alemán, mantiene una opinión dura en contra del perdón al nazi. Responde a Simon que habría hecho exactamente lo mismo que él. En su opinión, un verdugo no puede suplicar el perdón de su víctima, ni se puede ir alegremente matando y torturando, creyendo que se arreglará todo en el momento final con un simple "perdón". Su mensaje más importante es que cree que perdonando crímenes así sólo perpetuaremos el mal. No hay justicia si los crímenes se olvidan perdonando.

CRÍTICA A LA OPINIÓN DE HERBERT MARCUSE:         

En mi opinión, Herbert Marcuse tiene gran parte de la razón. Los crímenes cometidos por los nazis exceden los límites de la razón, por lo que con ellos habría que exceder los límites del perdón. Por mucho que el soldado se arrepienta, por mucho que suplique en el lecho de muerte, no se puede ir con una falsa fachada de buena persona ni de hipócrita misericordia religiosa. Nadie que llegara a entender o conocer lo que pasaron esos millones de inocentes se plantearía siquiera perdonar a los monstruos que los hicieron pasar por aquello. Y si lo hiciera, eso también los convertiría en monstruos a ellos. Sólo los judíos y demás personas que fueron torturadas por los nazis tienen derecho a perdonarlos.

El girasol - María Selfa

RESUMEN "EL GIRASOL":

El girasol es la desdichada historia de Simón Wiensenthal, un judío condenado a estar en el campo de concentración nazi de Lemberg, donde contaba con varios amigos, Arthur, un viejo compañero de universidad cuya esperanza era que algún día los alemanes nazis recibieran su castigo y Josek, sensible y muy religioso que no cuestionaba su fe por muchas desgracias que ocurrieran en aquel espantoso lugar. Allí convivían con ricos, pobres, cultos e incultos pues el campo de concentración no entendía de estratos sociales ni riquezas. Todos ellos eran humillados de formas inhumanas, sufrían duros castigos y morían ahorcados y pisoteados.
Algunos trabajaban en los Ferrocarriles del Este, a las afueras de la ciudad, lo que para ellos suponía un privilegio pues estaban más lejos del campo de concentración y por lo tanto más libres, en la medida de lo posible. De repente un día, un cabo eligió a cincuenta de ellos entre los que se encontraba Simón, para trabajar en el Instituto Tecnológico. Durante el camino hacia el Instituto, Simón observó un cementerio en el que todas sus tumbas tenían plantado un girasol lo que le llevo a pensar que los alemanes nazis eran dichosos hasta muertos pues él acabaría en una fosa común.
Cuando llegaron a su destino, el asistente que estaba a su cargo le asignó la tarea de sacar del edificio los contenedores de basura. Allí se le acercó una enfermera y le preguntó si era judío a lo que Simón respondió con un sí. Esta le condujo hacia una cámara de la muerte donde se hallaba Karl, un jóven soldado nazi que tenía su cuerpo y rostro completamente vendado debido a que un obús explotó a su lado. Este le dijo que tenía que contarle algo para poder morir en paz, se trataba de una terrible anécdota que no le dejaba la consciencia tranquila.
Comenzó contándole sobre su juventud cuando decidió afiliarse a Juventudes Hitlerianas y el disgusto que le provocó a sus padres este hecho, continuó comentándole que se alistó voluntario para las SS cuando estalló la guerra. Le repetía constantemente que no era un buen hijo por la crueldad que a continuación le contaría y que su madre no merecía saberlo. Ocurrió en junio, llevaron a todos los soldados a Dnepropetrowsk donde les ordenaron que fueran hacía donde estaban los judíos y los dirigieron hacía el interior de una casa donde habían colocado previamente bidones de gasolina. Una vez estaban dentro, cerraron la puerta y arrojaron granadas al interior de la casa mientras disparaban a todo aquel que pretendiese escapar. Muchos de aquellos judíos intentaron escapar, entre ellos, los que especialmente le marcó fueron un hombre con un niño en brazos junto con una mujer que saltaban por la ventana, pero que a la par que sus cuerpos caían, los soldados disparaban sin piedad. Esta desgracia ocupaba sus pensamientos cada vez que cogía un rifle y en una de sus labores estaba tan despistado pensando en lo ocurrido que un obús explotó a su lado.
Despertó en el hospital, había perdido la visión y su rostro y algunas partes de su cuerpo estaban destrozadas. La enfermera le dijo que era un milagro que siguiera vivo pues el cirujano le había sacado una palangana llena de metralla. Pensaba que ese era su castigo y deseaba no haber sobrevivido pues ahora tenía la conciencia intranquila y necesitaba confesarse. Simón, perplejo, abandonó la habitación sin decir nada y regresó junto con sus compañeros.
Más tarde regresaron al campo de concentración, allí se encontró con Josek y Arthur a quienes le contó lo sucedido, ambos respondieron que hizo lo correcto en no decirle nada y Josek le contestó que hubiera sido un grave error perdonar en nombre de alguien que no le había autorizado para ello.
Era un nuevo día y los prisioneros regresaban a sus oficios, Simón al Instituto Tecnológico. Allí se encontró de nuevo con la enfermera, esta vez era para entregarle las pertenencias de Karl pues había fallecido la pasada noche, Simón se negó a cogerlas y le dijo que se las dieran a su madre.
Pasados dos años, Arthur y Josek murieron y Simón fue trasladado a un campo de concentración de Mauthasen donde ingresó como prisionero y conoció a Bolek, un sacerdote cristiano al que le contó lo ocurrido en aquel hospital de Lemberg y al mismo que le preguntó que hubiera hecho en su lugar. Este, como un buen doctrinado cristiano, respondió que debió haberle perdonado.
Cuando por fin le liberaron, decidió viajar a Stuttgart para ver a la madre del soldado de las SS, consiguió dar con ella y pasó a su casa donde pudo observar varias fotos del difunto. Al ver que era una anciana viuda, que vivía en escombros y a base de los recuerdos que le quedaban de su hijo inclusive las pertenencias que la enfermera le ofreció, decidió no contarle la verdad sobre él y decir que pasaba para darle saludos de su parte. En la visita, corroboró todo lo que el soldado del hospital le había contado pues todo lo que contaba aquella anciana correspondía con lo que Karl le había dicho.

OPINIÓN SOBRE EL LIBRO:

En cuanto a la pregunta que se plantea al final de esta historia, yo en el lugar del protagonista, hubiera negado el perdón porque se trata de millones de judíos asesinados por nazis, una cifra muy elevada como para no recapacitar a tiempo. Además, de acuerdo con las palabras de Josek, cada uno tiene el derecho de perdonar y nadie debería hacerlo en nombre de otro.

Era su enemigo quien le rogaba perdón, el mismo que había hecho que él y toda su etnia estuviese en campos de concentración o que como en el caso de aquella familia, estuvieran muertos. Resultaría surrealista que después de tantos males irreparables, le concediera el perdón.

OPINIÓN DE DOROTHEE SOELLE:

Dorothee hubiera respondido al alemán con un sí, aceptando el perdón porque consideraba que estaba realmente arrepentido. Este hecho le recordó a un profesor al que tenía mucho aprecio. Pero un día se entero de que había sido nazi y además había participado en una quema de libros, solo que ahora identificaba los libros quemados con los judíos nazis.

Esto le provocó un terrible enfado, por lo que acudió a su casa y enfurecida le cuestionó todo. El profesor lo único que hizo antes de responder fue arrodillarse ante ella y suplicarle perdón. Ella con él se arrodilló y comenzaron a rezar. De este modo fue como Dorothee conoció lo que era el remordimiento.

OPINIÓN PERSONAL:

Acepto la opinión de Dorothee, pero no la comparto pues por muy arrepentido que se sienta, podía haber evitado matar a tantos judíos sin justificarse diciendo que estaba obligado a hacerlo. El morir sin ser perdonado sería su castigo, no merecía el perdón aunque se tratara del ultimo deseo de un moribundo que necesitaba confesarse para morir en paz.

RESUMEN DE LA PRIMERA PARTE: “EL GIRASOL”

Para entender Los límites del perdón, hay que hacer referencia a la figura de Hitler. Hitler y los nazis hicieron responsables a los judíos tanto de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial como de la crisis económica. Muchos creyeron en él y gracias a este mensaje y a la promesa de convertir a Alemania en un país fuerte y poderoso económicamente, Hitler y su partido alcanzaron el poder en el año 1933.
El régimen nazi pensaba que la raza aria era la mejor y los judíos pertenecían a otra, inferior. Este macabro pensamiento dio lugar al que quizás sea el crimen más abominable de la historia. Campos de concentración como los de Auschwitz y Treblinka –los he buscado por curiosidad en Internet, obteniendo “con horror”, un resultado de 58 campos de concentración, exterminio, prisión o de trabajo-,cámaras de gas, y el asesinato de seis millones de inocentes, han calificado los hechos como “holocausto” (gran matanza de seres humanos) y “genocidio” (exterminio y eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, religión o política).
Entre los supervivientes de tan grave atrocidad, se encuentra Simón Wiesenthal, autor de Los límites del perdón, cuyo contenido relata –antes de llevarnos al terreno en el que nuestra conciencia debe tomar una decisión-, las indescriptibles escenas de terror a las que millones de personas, a consecuencia de su origen, tuvieron que hacer frente como prisioneros de un campo de concentración.
Simón Wiesenthal, arquitecto de profesión, estudió en la ciudad polaca de Lemberg, en cuyas cercanías se encontraba ahora en condición de preso de un campo de exterminio alemán.
El autor nos recuerda cómo ya en su época de estudiante la llamada “juventud dorada” de Lemberg (alborotadores, gamberros y antisemitas, nos dice), se ensañaban contra los judíos estudiantes. De hecho habían creado el “día sin judíos” con la esperanza de reducir el número de licenciados judíos, -lo que daría lugar a situaciones verdaderamente violentas y agresivas que el autor nos describe en su libro-.
Entre los amigos de Simón Wiesenthal en el campo de concentración, se encontraban Josek y Arthur -con quien arrastraba una vieja amistad de antaño, “eran como hermanos”, literalmente nos dice. Josek era judío y una persona profundamente religiosa. Por el contrario, Arthur era una persona sumamente irónica y realista.
En los campos de concentración a los judíos se les humillaba de todas las maneras que uno pueda imaginar. Los soldados de la SS se divertían azotando a los prisioneros indiscriminadamente, se les ahorcaba, se les pisoteaba, les soltaban perros adiestrados…
Los soldados de la SS formaban la policía militarizada del Partido Nacionalsocialista alemán, y fue creada como guardia personal de Hitler en 1922. Como organización fue condenada en el proceso de Nuremberg (1946), lugar donde se celebró el proceso contra los criminales de guerra nazis.
Durante una de las salidas del campo de concentración, Simón ve un cementerio con girasoles en las tumbas. Simón quedó hechizado con un concreto girasol –“recto y firme, nos dice, como un soldado”-, de vivos colores y con mariposas revoloteando a su alrededor -las cosas sencillas de la vida cobraran ahora una relevancia especial-.
Curiosamente, por primera vez Simón pensaba en la proximidad de la muerte. Los girasoles tuvieron un particular significado para él eran el nexo de unión entre la vida y la muerte; entre la supervivencia y la aniquilación-, de manera que su imagen y su recuerdo permanecerían en su memoria con ocasión de acontecimientos posteriores. De hecho, reaparecen a lo largo de toda la lectura.
Al llegar a su destino, su antigua Facultad reconvertida ahora en hospital, una enfermera pregunta a Simón por su origen judío. Momentos después tendrá lugar el insólito encuentro que inspirará, posteriormente, la historia de Los límites del perdón.
Acto seguido Simón se encontraría ante un joven soldado de la SS, de 21 años, postrado en una cama y al borde de la muerte.
Karl, nombre del soldado de la SS, fue educado en la religión católica por unos padres “buenos y cariñosos”. De hecho, él mismo creía firmemente en Dios y en los mandamientos de la Iglesia cuando era niño. El párroco de su iglesia, donde habitualmente ayudaba, esperaba que algún día estudiara Teología. Pero Karl era joven, y como cualquier muchacho de su edad, anhelaba tener experiencias nuevas y conocer mundo, por lo que se afilió a las “Juventudes Hitlerianas” (organización cuya ideología se basaba en el odio a los judíos, convirtiendo a jóvenes ilusos en asesinos. Todo lo que sabía Karl sobre los judíos provenía del adoctrinamiento y de una venenosa propaganda nazi, según la cual, eran culpables de todas sus desgracias). Hecho que, además de disgustar a su madre, le hizo merecedor de la enemistad de su padre, quien le retiraría la palabra de por vida.
Karl confiesa a Simón un terrible crimen cometido un año antes, que según dice, “le tortura y sin cuyo relato no podría morir en paz”. El joven soldado cuenta cómo se alistó como voluntario en la SS y tras unirse a una unidad de asalto, llegan a la ciudad ucraniana de Dnepropetrowsk, donde un edificio con unos 200 judíos en su interior y previamente minado con bidones de gasolina, es incendiado por los soldados de la SS (incluido Karl). Para escapar del infierno, familias enteras saltan por las ventanas envueltos en llamas en medio de los disparos de la SS. Y una de estas familias con su hijo en brazos, ardiendo y presa de la desesperación, quedará grabada para siempre en la memoria del soldado moribundo.
Es una imagen que le atormentará incluso en el frente, cuando es herido mortalmente por un obús. A pesar del sufrimiento que la metralla le ocasionaría –su cuerpo estaba hecho trizas-, el peor de los dolores sería causado por su conciencia -“No puedo morir… sin lavar mi conciencia…”, decía. Por lo que el herido pidió a Simón, en su calidad de judío, que le perdonase de su horrendo crimen. A continuación, Simón guardó silencio y se marchó, rehusando posteriormente las pertenencias que le había legado durante sus últimos minutos de agonía.
A estos sucesos siguieron años de sufrimiento y de muerte. Arthur murió en brazos del autor. Josek, enfermo y sin fuerzas, murió víctima de un tiro de la SS, como “castigo por ser un gandul”. La cámara de gas funcionaba ahora sin descanso, -nos cuenta estremecedoramente Simón-, y muchos más, serían fusilados.
Finalmente, Simón es liberado del campo de concentración de Mauthausen, donde experimentó sus últimas humillaciones, pero la duda y preocupación por el encuentro con el joven soldado de la SS, era constante y permanente. Lo que le llevará a Sttugart, a encontrarse con la madre del joven soldado fallecido.
Simón tiene ahora ante sí a una débil anciana, ya viuda y profundamente abatida por el dolor, destrozada por el recuerdo de su marido y de su hijo -“era un muchacho encantador, …un gran muchacho…que nunca había hecho nada malo”, le manifiesta. Convencido de que tenía ante sí a un ser bondadoso, Simón siente lástima y compasión por ella y se despide sin quebrantar la fe que tenía en la bondad de su hijo.
Tras la liberación, sin familia y sin hogar (recordemos que Simón perdió prácticamente a toda su familia, parientes y amigos), Simón Wiesenthal invirtió el resto de su vida investigando a criminales de guerra nazis, a fin de que fuesen llevados ante la justicia.
Su trabajo llevó al arresto de numerosos criminales destacados, conocidos líderes de la Gestapo, notorios –por su crueldad- comandantes y guardias de campos de concentración, … recibiendo
–inexplicablemente, a mi juicio-, algunas críticas por su lucha. Críticas que fueron contestadas con el argumento de que semejante barbarie jamás volviera a repetirse, “debía hacerlo para que la gente no olvidara”, declaró en cierta ocasión Simón Wiesenthal.
Finalmente el autor nos plantea una difícil y complicada tarea que consta de dos  partes. La primera, juzgar si su comportamiento –su silencio-, fue correcto o incorrecto. Y la segunda, imaginar mentalmente la situación vivida por Simón y contestar a la pregunta, qué habría hecho el lector en su lugar.


AUTORES ELEGIDOS

La estructura del trabajo indica elegir, al menos, un autor del Simposio
 
recopilación de pensamientos ilustres-, que constituye la segunda parte de Los límites del perdón.
Pues bien, aún cuando todos ellos proporcionan argumentos convincentes en uno u otro sentido, he decido elegir a tres de ellos por una serie de razones que se exponen a continuación.
Mark Goulden es el primer autor seleccionado, pues ningún otro responde de forma tan contundente respecto al dilema moral que plantea Simón Wiesenthal.
Este periodista británico que trabajó en causas humanitarias, expone con claridad la evidencia de unas terribles atrocidades que el mundo ha tratado o trata de olvidar. Reflexiona en torno al olvido, “…el mundo parece haber acordado olvidar el asunto…”, “…parece evidente que el mundo ha conspirado para olvidar…”,nos dice.  
Creo, como el autor, que las sociedades modernas hemos vivido un tanto ajenas a las guerras que nos precedieron, como a menudo escucho decir “la vida sigue y hemos de seguir viviendo”. Probablemente, por lo vergonzoso que resulta reconocer que la especie humana haya podido, en algún momento de la historia, cometer aberraciones como las relatadas en Los límites del perdón, incluyendo la permisividad que facilitó una carnicería sin precedentes. Quizás, también, por la cobardía que supone para la humanidad enfrentarse a una dolorosa realidad.
Al igual que el autor, considero que el mundo jamás debe olvidar lo ocurrido al objeto de que lo sucedido no suceda nunca más, y en ninguna parte. Olvidar los hechos equivaldría a olvidar a las víctimas, su sufrimiento y su dolor. Y creo que perdonar no puede ser una palabra fácil o recurrente, “para perdonar se necesita algo más que una simple frase hecha”, como nos dice Goulden . Y yo añado, “para perdonar hay que sentir”.
Además, coincido plenamente no sólo con Mark Goulden, sino con la práctica totalidad de autores, en que no se puede ofrecer una respuesta genérica a la cuestión que nos plantea Simón Wiesenthal. Es una disyuntiva que requiere una respuesta individual, que, a mi parecer, resultará influida por la educación, los valores, los principios, las creencias y las experiencias personales de cada uno.
Y por último, la elección ha sido motivada por la categórica afirmación que, a diferencia de los demás, realiza este pensador al no presentar dudas sobre cómo solventar la cuestión del perdón al soldado de la SS: “…habría abandonado en silencio el lecho de muerte no sin antes haberme asegurado de que quedaba un nazi menos en el mundo”.
Creo que la dureza de esta afirmación obedece, únicamente, al hecho de hacernos comprender la magnitud de una matanza incomprensible en toda su dimensión para la mente humana.

El segundo escritor elegido es MANÉS SPERBER, psicólogo dedicado posteriormente a la literatura. Su elección –sin que ello presuponga mi opinión- obedece a ser una de las personas que reconoce que “no puede haber un argumento contrario al perdón…”.
Sí coincido con el autor en que Simón tenía todo el derecho a perdonar. De hecho creo que cualquier actitud que hubiese adoptado Simón, habría sido la correcta, teniendo en cuenta las circunstancias anómalas de terror y de presión psicológica en que se encontraba. Pero habría sido un perdón en nombre propio, por las ofensas cometidas contra él mismo, nunca en nombre de los millones de víctimas del holocausto. Y es una afirmación corroborada prácticamente por todos los autores del Simposio.
Por otra parte, es cierto que, a lo largo de la historia se han producido crímenes y guerras entre naciones y pueblos, lo que ha llevado a las generaciones posteriores a estar en deuda con su pasado, aún cuando irremediablemente no pueden ni borrarlo ni cambiarlo. Por tanto, considero adecuada la reflexión que realiza sobre la necesidad de perdonar con el fin de “liberar al presente y, más especialmente al futuro, de la pesada carga del pasado. La existencia de las naciones depende del perdón”, sentencia Manés Sperber.
Al igual que hace el autor, rechazo la idea de culpabilidad colectiva, -rechazo que también experimenta Sven Alcalaj, testigo del genocidio que tuvo lugar en Bosnia-Herzegovina-. Ambos autores defienden la existencia de una responsabilidad nacional o estatal, en lo que coincido plenamente. Por ello creo que Alemania es responsable como nación, aunque no pueda ni reponer ni invertir el pasado. Así, no sólo legal sino moralmente, debe ser obligatoria una cierta reparación –y digo “cierta” dado que la reparación completa exigiría la devolución de las vidas abatidas-, al objeto de lograr precisamente un cierto grado de reconciliación con la historia, con las víctimas y con las nuevas generaciones. Es más, creo que es la única vía posible para lograr la armonía internacional, la convivencia y la paz social. Recientemente la canciller alemana Ángela Merkel declaraba:
“Somos responsables como alemanes de las cosas que durante el Holocausto, la "Shoah", pasaron durante el nacionalsocialismo. Esta responsabilidad se mantiene y todos los Gobiernos de Alemania tendrán que asumirla".
Tal y como Simón respondió a la madre del soldado de la SS “ningún alemán puede negar su responsabilidad. Aunque no sea directamente culpable de lo que ocurrió, debería compartir la vergüenza de lo que hicieron”.
Responsabilidad que hago también extensible a aquéllos países que permanecieron voluntariamente al margen, dejando obrar a la maldad, convirtiéndose –al desatender el problema-, en cómplices de una actuación –o falta de actuación- que provocó, facilitó o contribuyó a perpetrar la mayor masacre de seres humanos de la historia “…virtualmente ante los mismos ojos del mundo…”, como bien expresa Goulden.

Por último, la elección de Albert Speer obedece a la “reconfortante” sensación que produce encontrar a alguien que, por decisión propia, reconoció, en los Juicios de Nuremberg, su responsabilidad por los crímenes cometidos. Arrepentido de sus actos
–nunca podré perdonarme por apoyar de manera imprudente y poco escrupulosa a un régimen que llevó a cabo el asesinato sistemático de judíos y de otros pueblos, nos cuenta-, fue condenado a 20 años de prisión.
Destacar la fortaleza moral de Simón Wiesenthal, que tuvo la valentía de sentarse frente a frente con su “verdugo” –y en igual sentido, la de Harry Wu, quien tras pasar 19 años en campos de trabajo chinos y arrastrar las secuelas de la brutalidad que supusieron, no sintió la necesidad de reprochar nada durante su visita a quien injustamente le acusó-.
Coincido con este autor en que la actitud de Simón fue humanitaria y bondadosa, tratando de ayudar a Speer en vez de reprocharle las miserias sufridas. Fue tolerante y compasivo, aliviando la culpa moral de una figura destacada del nazismo –fue un personaje relevante del Tercer Reich y del Ministerio de Armamento de Hitler- y demostrando una clemencia que, opino, hacen merecedor a un gran luchador –Simón Wiesenthal- de un sencillo calificativo “el de buena persona”.

Confieso que me ha sorprendido la condena de Albert Speer, por la desproporción que suponen veinte años de privación de libertad frente a años de opresión, hambre, degradación, exterminios colectivos y trabajos forzados hasta la muerte, contra la población judía. Por ello he buscado información sobre los Juicios de Nuremberg encontrando que a los dirigentes y colaboradores del régimen de Adolf Hitler, se les acusó de crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Doce de los acusados fueron condenados a pena de muerte –muerte en la horca, más concretamente-; tres, sufrieron cadena perpetua; cuatro, obtuvieron pena de prisión entre 10 y 20 años –entre ellos, Albert Speer-; tres fueron absueltos y dos resultaron sin condena. Alguno de ellos se suicidaría tras su detención.

OPINIÓN PERSONAL

Muchos son los argumentos expuestos en la segunda parte de Los límites del perdón por lo que podré inspirarme en dichas reflexiones, cuya lectura me ha resultado sumamente atractiva. La desventaja es que, pocas cosas más se pueden añadir.
Y en este punto hago mía la frase de Arthur, según la cual “nadie que no lo haya padecido personalmente, podrá entenderlo en toda su magnitud”. Por tanto, es imposible responder a las cuestiones que plantea Simón Wiesenthal, al resultar igualmente imposible experimentar mentalmente el horror en el que las víctimas vivieron y murieron. Por otra parte, creo que cada respuesta estará ligada irremediablemente a la personalidad y a la conciencia de cada uno.
Por todo ello, mi opinión vendrá dada desde mi posición personal, perteneciente a una generación privilegiada –por suerte, nunca he temido por la vida de mis padres o parientes, ni por la mía propia; ni tampoco he padecido el miedo y la humillación en ninguna de sus magnitudes-. Además, nuestras condiciones de paz y bienestar, a diferencia de lo que le ocurrió a Simón Wiesenthal, nos permiten razonar y emocionarnos libremente.
                En primer lugar, decir que he estudiado en un colegio religioso y pertenezco a una familia católica que me ha inculcado, por tanto y desde siempre, los principios y valores cristianos. Luego, creo que la primera visión debe ser enfocada desde el punto de vista de mis creencias y mi educación.
                Así, considero impresionante la lección de fe que nos ofrece Josek, hablando de Dios, en medio de tanto sufrimiento. Pero entiendo también que las creencias religiosas experimentaran un gran declive durante esa época “por culpa del silencio de Dios”-nos cuenta Moshe Bejski, superviviente también de los campos de concentración, cuyo pariente, aspirante a rabino, le confesó haber perdido su confianza en Dios-. Recordar también a la creyente anciana prisionera junto a Simón en el campo de concentración, manifestando que “Dios se hallaba de permiso”.
Todavía hoy sigue siendo polémica la actuación del Papa Pío XII, en relación con el exterminio judío. Israel califica su conducta de “ambigüa”, al no condenar públicamente ni intervenir para frenar la barbarie nazi. La justificación del Vaticano es que mantuvo un silencio “prudente” para no empeorar la situación de los judíos. En cualquier caso, es cuanto menos, insensible, incoherente y ridícula, la posición de contemplar pasivamente el metódico exterminio de seres humanos.
                Pues bien, para mi religión la Iglesia posee el poder de perdonar los pecados a través del sacramento de la penitencia. La penitencia o confesión supone borrar los pecados tras un cuidadoso examen de conciencia, la repulsa hacia los pecados cometidos, el arrepentimiento por la ofensa infligida, el firme propósito de no cometerlos nunca más, su confesión y el cumplimiento de la pena impuesta.
                Recordemos que el soldado Karl examinó en su interior y, podríamos pensar que motivado por la educación cristiana recibida siendo niño, encontró que una de sus acciones atormentaba su conciencia, sentía un profundo dolor por esta acción y en su confesión había un sincero pesar y arrepentimiento, según nos cuenta Simón. Lo que no sabemos, y así lo exponen algunos autores, es si de haber sobrevivido no hubiera seguido cometiendo crímenes y si hubiera estado dispuesto a reponer el mal causado, por ejemplo, compensación en forma de servicio perpetuo a la comunidad judía.
                Que se debe conceder perdón a los que se arrepienten sinceramente, es un concepto que comparte tanto la ética cristiana como la judía. Sin embargo, en mi opinión, como he dicho al principio, nadie que nunca haya estado en una situación tan inconcebible como la de Simón puede, a mi juicio, juzgar su “silencio” junto al soldado moribundo.
Cierto es que Simón no pronunció la palabra “perdón”. Pero aparentemente no fue algo tan simple para él. Su intranquilidad, su sentimiento de culpa y sus vacilaciones, podrían hacernos pensar en una cierta tendencia hacia el perdón, y tenía todo el derecho a hacerlo. Pienso que su personal reconciliación, o no, con los criminales sólo le concierne a él, “rectificar un delito es un asunto que sólo se debe saldar entre el que lo perpetra y su víctima”, afirma el profesor de Teología Islámica Smail Balic.
Por tanto, me limitaré a mostrar mi respeto por su comportamiento; admiro su humanidad permaneciendo junto al joven soldado en su lecho de muerte, permitiéndole sentir el contacto personal de su mano y apartando la mosca de su dolorido cuerpo, rechazando la oportunidad de cualquier acusación o reproche.
Creo que con esta actitud Simón, como una clase especial de ser humano, cargado de buenos sentimientos, aplicó uno de los principales mandamientos de la Iglesia católica “amar al prójimo como a ti mismo”.
En segundo lugar, expresaré mi opinión como persona, desde mi condición humana. Y a pesar de que todos los acontecimientos relatados causan un terrible impacto, hay dos que particularmente permanecen en mi memoria, por la intencionalidad y trampa con que se perpetraron.
Uno de ellos tiene lugar en los campos de exterminio de Camboya, donde uno de los supervivientes, Dith Pran, alude a las torturas a las que sin compasión fue sometido: “…Nos encerraban en jaulas con tigres y sin posibilidad de escape…”, nos cuenta.
El segundo de ellos se refiere al triste episodio de la “guardería” –“…una mañana llegaron tres camiones de la SS a la guardería y se llevaron a los niños a la cámara de gas. Esa noche cuando los padres regresaron del trabajo, se vivieron escenas desgarradoras en la desierta guardería”-, escribe Simón.
Estos hechos, monumentalmente despreciables, perpetrados con engaño y en base a un plan concebido por unos malvados cerebros, me han hecho fácil imaginar de una parte, el sentimiento de pánico y de terror frente a una fiera salvaje, y de otra, la sensación de angustia de unos padres destrozados por el dolor. Yo misma me conmuevo cada vez que leo este último pasaje, resultando imposible controlar mi emoción.
Y Simón nos pregunta qué habríamos hecho en su lugar. ¿Cabe pensar, acaso, que estos padres podrían perdonar el salvaje asesinato de sus hijos, unos niños de corta edad, los más inocentes de entre todos los inocentes?.
                ¿Qué habría hecho yo si me hubiera encontrado en lugar de Simón Wiesenthal, conocedor de estos acontecimientos y víctima de un régimen que haría presagiar mi inminente muerte?. ¿Habría tenido en cuenta la vulnerabilidad de Karl –atrapado en plena adolescencia en una atmósfera excepcional de histeria colectiva-, o le habría considerado altamente culpable al no hallarse realmente obligado a disparar –sin ningún castigo por parte de los alemanes, según demuestran estudios recientes-?.
                Podría contestar con dureza, sin compasión y sin misericordia, pero Simón Wiesenthal, sufridor de unos crímenes catalogados de “lesa humanidad”, no lo hizo –guardó silencio-, y por tanto me pregunto si yo, desde mi perspectiva actual, tengo autoridad para hacerlo. Tal vez hoy, también, el silencio sea la mejor respuesta.
Como ya expresé anteriormente, creo que para perdonar hay que sentir. Sentir que la ofensa no causa ya odio ni rencor en el fondo de nuestro corazón, lo que no equivale a “olvidar”. El olvido ofendería a las víctimas y anularía el derecho a la justicia. Y eso fue lo que hizo, muy acertadamente, Simón Wiesenthal tras su liberación, buscar justicia en lugar de venganza, supongo que como único camino posible para la reconciliación.
            Por último, agradezco la lectura de Los límites del perdón. Ha sido un ejercicio de reflexión personal, he tomado conciencia sobre la inexistencia de límites para la bondad y la maldad humana; me ha ayudado a priorizar, a dar un valor especial a todo cuánto poseo y a las circunstancias que me rodean –aunque haya mucho que mejorar-; y he aprendido que el bien más preciado que tenemos es la vida y como personas, nuestra libertad y nuestra dignidad.
                 Considero sumamente importante que exista un Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, que se celebra el 27 de enero de todos los años. Quizás contribuya a apaciguar, si cabe, el dolor de las víctimas. Y aunque decepciona saber que, años después, el mundo fue testigo de una nueva matanza de seres humanos en pleno corazón de Europa, creo firmemente que la educación que debemos sacar de esta tragedia, es el total rechazo de la humanidad a cualquier manifestación de racismo y de violencia.
                Dos nombres para terminar, el de Oskar Schindler y Nicholas Winton, quienes entre otros, optaron por salvar heroicamente la vida de miles de judíos, pues como dice Martin E. Marty en Los Límites del Perdón;
 “existe un tipo de libertad que nunca podrá desaparecer: la libertad de elegir nuestra propia actitud ante cualquier circunstancia”.

MARÍA DEL MAR CANOVACA BRAVO
1º BACHILLERATO A





Los límites del perdón

El Girasol

Resumen
Esta historia relata la vida de un judío llamado Simón el cual se encuentra en un campo de concentración alemán situado en Lemberg. Este judío trata de contarnos a las torturas y humillaciones diarias que sufre junto a sus compañeros a causa de los alemanes. Simón trabajaba diariamente en los ferrocarriles, pero un día lo trasladan a un hospital militar. El recuerda que este hospital fue anteriormente un instituto tecnológico donde él había estudiado. De camino al hospital, pasan por un cementerio, en el cual en cada tumba, había plantado un girasol por cada soldado nazi fallecido. Esto hizo que Simón sintiera envidia de ellos, ya que él tendría que morir en una fosa común junto a más cadáveres, mientras que los soldados morirían con honor, en tumbas con girasoles en ellas.
Una vez que llega al hospital, una enfermera se acerca él y le pide que le acompañe. Esta lleva a Simón ante un soldado nazi, al cual le queda poco tiempo de vida. Este le confiesa al judío todos los crímenes y atrocidades que ha cometido a lo largo de su vida, y le pide a Simón, aun sin tener nada que ver con él directamente, que le perdone por lo que ha hecho. Simón se marcha de ese lugar sin dar respuesta alguna a aquel moribundo soldado.
Cuando este vuelve al campo de concentración decide contarle a sus compañeros lo sucedido. Estos veían bien la forma de actuar que Simón había tenido con el nazi. Aunque Simón aún no tenía la conciencia tranquila sobre lo que había sucedido. Al día siguiente Simón vuelve a su trabajo en el hospital, y la enfermera le informa de que el soldado nazi había fallecido. Simón sorprendido, se replantea si hizo bien al no perdonar a aquel nazi.
Años después de todo esto, Simón es liberado del campo de concentración, aunque por desgracia sus compañeros, fallecieron antes de que esto ocurriera. Simón aún conservaba el remordimiento de no haber perdonado a aquel soldado nazi, por lo que decide visitar a su madre con la intención de cerrar así una etapa de su vida.
Al llegar a la casa de la madre, Simón se encuentra a una mujer bastante afectada por la guerra y por la pérdida de sus seres queridos, entre ellos la de su hijo. El judío, decide así mentir a la madre del soldado, y no contarle como conoció a su hijo. Él no quiere que esta pobre mujer sufra más. Este judío, no consigue solucionar su problema, pero al menos, consigue comprender que incluso un soldado nazi que haya matado a una cantidad increíble de judíos, pueden llegar a tener arrepentimientos, aunque esto sea imposible de creer.

Dilema moral
En este relato encontramos un claro dilema moral. ¿Perdonar o no perdonar? Estos factores dependen bien de la situación de una persona, y también del corazón que esa persona posea. Es decir, es obvio que los judíos les guardaban rencor a todos los alemanes, por lo que no les es fácil perdonar a un nazi después de todo el daño que les causaban a diario, aunque ese alemán no les haya hecho nada directamente. Pero también tenemos que pararnos a pensar, que era el último deseo de una persona antes de morir. Aunque en este argumento también encontramos otra contradicción. ¿Por qué debe tener un asesino alemán un último deseo antes de morir, y un humilde judío no? Porque es obvio que a los judío no se les concedía ningún tipo de deseo antes de morir, ellos morían de la manera más cruel e inoportuna.
El conjunto de todos estos valores hacen que la opción de Simón sea o no la correcta. Desde mi punto de vista, esta decisión es totalmente individual y nadie debe dejarse influir al respecto. En mi opinión, solo los verdaderos judíos podrían tener la verdadera respuesta a esto, ya que ellos lo vivieron en primera persona, no nosotros, que podemos ver muy fácil el hecho de perdonar o no a un alemán.

Opinión del autor: Cynthia Ozick
Para empezar Cynthia resalta el hecho de que un soldado con educación católica se haya convertido en un soldado de la SS, ya que es algo totalmente contradictorio. Si de verdad era tan católico, debería saber perfectamente que incumplió el sexto mandamiento; no matarás. Cynthia nos comenta, que el perdón es la base para poder volver a empezar. Es algo esencial,las personas deben recapacitar sobre sus actos erróneos. Pero bien también dice, que el asesinato es algo imperdonable, algo que ni siquiera el perdón puede reparar. Por algo muy simple. Cuando alguien te pide perdón, significa directamente, “podemos volver a empezar”. ¿Se puede aplicar esto al asesinato? Según Cynthia, obviamente no. El perdón es un acto despiadado, puede parecer algo muy fácil para el asesino, pero no para la víctima.
Esta autora también aprecia algo distinto en este soldado que no tiene ningún otro, y es el remordimiento que este posee. No se justifica por haber matado a tanta gente, él sabe que no tiene ningún tipo de escusa. Pero aún así, eso no quita la idea de que, puede que este soldado, pudiera pensar en algún momento de su vida que hacía lo correcto. Es más, este nazi no tuvo estos remordimientos antes, los tuvo al enfermar. Lo que la autora intenta transmitir es que podría haberse arrepentido de sus actos al primer judío que asesinará, y no después de haber matado a miles.

Crítica/Defensa del autor
Con respecto al autor escogido, me gustaría señalar que, comparto totalmente todas sus ideas. Desde mi punto de vista como lectora, he podido observar que, todo lo que Simón hizo me pareció correcto en todo momento. Él no tenía que pedir perdón al asesino de otras personas ¿Es que acaso el tiene la palabra de todas las personas que fueron asesinadas por este soldado? Estoy segura de que todas las víctimas de este nazi, no le hubieran perdonado.
Como bien dice la autora, si este soldado era católico ¿por qué decidió hacerse soldado? Es como si de alguna manera u otra el ya sabía que no podría ir al cielo solo con el simple hecho de matar a una persona. Podríamos pensar que en el fondo a este nazi no le importaban mucho sus creencias.
 Seguidamente el simple hecho de pedir perdón. La autora bien ha sabido expresar que la muerte no tiene perdón alguno. Básicamente porque pedir perdón está relacionado con, arreglar las cosas. ¿Pero que pretende arreglar este nazi? No podrá solucionar este problema.
También creo que es bastante más fácil opinar esto desde el punto de vista del lector, ya que creo que si nos pusiéramos desde el punto de vista del judío, puede que fuéramos aún menos compasivos.


El girasol (Ignacio Bolancé Díaz)


EL GIRASOL



RESUMEN

El protagonista del relato, ingeniero de profesión,  convive en un campo de concentración en la Europa de la Segunda Guerra Mundial, junto a otros presos, entre ellos, sus amigos Artur y Josek, hombre sensible y religioso, este último.
En ese ambiente de guerra y represión, en sus conversaciones nocturnas llegan a plantearse que “Dios está de permiso”, al permitir las enormes injusticias que estaban padeciendo y conociendo, de la mano del hombre, llegando a afirmar: “vivimos en un mundo al que Dios ha abandonado”.

Uno de los días, el protagonista, Simón, fue elegido, junto con otros cincuenta prisioneros, para realizar trabajos fuera del campo de concentración, concretamente en el Instituto Tecnológico, el mismo en el que se formó el protagonista, convertido en tiempos de guerra en Hospital de la Reserva.

Durante el trayecto se sentían observados por el resto de personas que vivían en libertad, sintiéndose condenados.  Al protagonista llama la atención un cementerio que hay en el camino, donde eran enterrados los soldados alemanes. Sobre cada tumba había plantado un girasol. Simon sentía que gracias al girasol los soldados fallecidos, recibían luz y mensajes. Y envidió a los soldados muertos. Presagiando su pronta muerte, decía: ”ningún girasol traerá luz a mi oscuridad”.

Llegados al Instituto Tecnológico los pusieron a trabajar. Durante el trabajo se acercó una enfermera al protagonista y le preguntó que si era judío.  Al responder afirmativamente le pidió que lo acompañara al interior de, lo que ahora se había convertido en Hospital de la Reserva. Después de una tensa espera la enfermera lo hizo pasar al interior de una habitación y salió. En el interior solo se divisaba la figura  de un individuo sobre un lecho, totalmente vendado a excepción de manos, boca, nariz y orejas.

El enfermo, moribundo,  resultó ser Karl, un joven voluntario de las S.S.  Necesitaba contarle algo terrible ocurrido hacía un año. Había cometido un crimen. Lo puso en antecedentes de su infancia. Su padre, social demócrata convencido. Su madre, profundamente religiosa, lo había educado en la religión católica. Pero durante su juventud se afilió a las Juventudes Hitlerianas y al entrar en guerra, a las S.S. En las S.S. entró en combate.

Un día, ocupando Dnepropetrowsk, en plena guerra, recibieron una orden. Introdujeron  a 150/200 judíos, entre los que se encontraban muchas  mujeres, niños  y ancianos en un edificio, junto con bidones de gasolina. Cerraron la puerta, e introdujeron granadas por las ventanas, quedando todo el edificio en llamas. Los supervivientes saltaban por las ventanas y Karl y sus compañeros los remataban disparándoles. Pero hubo una familia y especialmente un niño a los que Karl abatió y que causaron en esta gran sensación de angustia.
Simon, a su vez recordaba a los niños que fallecían en el campo de concentración como consecuencia de las atrocidades de los miembros de las S.S.

Desde el primer momento ese episodio aturdía a Karl.

Días después, en un lance en otra batalla, se encontraba agarrotado, recordando a las familias acribilladas, y le resultaba imposible disparar y resultó herido, lo que lo postró en esa cama de hospital, moribundo.

De niño creía firmemente en Dios, y llegado su momento final… tenía necesidad de lavar su conciencia.
Sin embargo Simon no pudo decir nada y sencillamente salió de la habitación. Volvió con sus compañeros al Campo de Concentración y le aturdía su propia actitud, al haberse limitado a escuchar a Karl y salir de la habitación sin otorgar el consuelo pretendido.

Al día siguiente al volver al Hospital la enfermera lo volvió a llamar. Karl había fallecido la noche anterior y había pedido que se le entregaran sus cosas a Simon. Este las rechazó y solo se quedó con un trozo de tela con la dirección de su madre.
Simon quedó siempre confundido por su actitud con Karl.

Después de dos años, terminada la Guerra, Simon sobrevivió y salió del campo de concentración. Ya no vivían sus amigos. Fue a visitar a la madre del soldado de las S.S.  Su padre había fallecido. En su visita la madre le confirmó las convicciones religiosas de Karl y, fundamentalmente, que Karl había sido un buen muchacho y un magnífico hijo. Siempre estaba dispuesto  a ayudar a los demás. Sin embargo, la guerra … y todo lo que les había pasado lo consideraba como un castigo de Dios. Simon fue incapaz de contar a la anciana “su verdad” sobre Karl.

Simon se reprocha, finalmente, SU SILENCIO. Tanto en el lecho de muerte del joven nazi, como ante su madre, para echar por tierra las bondades que esta contaba de su hijo.

OPINIÓN SOBRE EL DILEMA MORAL

La cuestión planteada es compleja.  El perdón. En el texto incluso se abre un elemento más de discusión cuando uno de los personajes llega a plantear que sólo se pueden perdonar las ofensas que se cometen contra uno mismo y no contra terceros. Sin embargo, en el caso concreto, si los agraviados estaban muertos, ¿a quien, si no, podía acudir a solicitar el perdón?. Es esa la razón por la que pidió a la enfermera que le subiera a la habitación del Hospital a un judío.

Y ello nos hace plantearnos otras cuestiones, como qué elementos han de darse para que se conceda el perdón.

OPINIÓN DEL AUTOR  HARRY JAMES CARGAS

Este autor no perdonaría por “temor a no ser perdonado”, entendiendo que cuando llegue el día del juicio final rogará misericordia y no justicia.

El autor ve el perdón como un acto de bondad, incluso de arrogancia, en la que, quien lo otorga, queda por encima del perdonado.

El autor lo que se plantea es si “tenemos valor” para perdonar.

OPINIÓN PERSONAL

Pese a que resulta fácil opinar sobre hechos que ocurren a terceros, y en la distancia, tanto física como temporal,  y respondiendo a la cuestión planteada, ¿qué habría hecho yo en su lugar?, mis convicciones personales, morales y religiosas coinciden: Habría perdonado.

En mi opinión existen varios hechos determinantes para llegar a tal posición:

El primero y de mayor peso es el ARREPENTIMIENTO. Sin arrepentimiento no hay perdón. Y el texto nos muestra a un Karl, totalmente arrepentido. Tal es así, que ese arrepentimiento provoca su propia muerte. Recordemos que cae en un lance de guerra porque se encuentra agarrotado recordando los asesinatos ocurridos en Dnepropetrowsk.

El hecho por el que implora perdón es un acto de guerra, cometido bajo las órdenes de un superior jerárquico. Llegado ese momento (matanza de judíos en edificio) ¿qué opciones tenía Karl? ¿Desertar? ¿Qué consecuencias hubiera tenido? ¿Ser ajusticiado / fusilado como un cobarde?.

Estoy convencido de que si hubiera podido pedir perdón a los agraviados lo hubiera hecho. En su defecto (estaban muertos), Karl necesita el perdón de otros judíos en similares circunstancias. Por eso pide que sea un judío.
Que sólo pueda otorgar perdón quien ha padecido el daño, constituye una verdad, pero solo a medias. Karl necesita el perdón del perjudicado, pero ante la imposibilidad, Karl y el hombre, en general, necesita el perdón del semejante.
En su lecho de muerte necesita la paz y el consuelo delo perdón, que no la justicia, porque él es consciente del mal que ha hecho y eso constituye una losa insalvable.

Insisto. Hubiera perdonado.
                                                            



Los límites del Perdón/ Andrea López Magañas


RESUMEN:Los límites del perdón. El girasol”.
El libro habla sobre Simón, un joven judío que era un polaco arquitecto, que estaba preso en un campo de concentración nazi, donde también están miles de judíos los cuales son maltratados y humillados por soldados nazis alemanes de las SS en la Segunda Guerra Mundial.
Él cuenta las atrocidades y los trabajos que los judíos sufrían por parte de los soldados. Un día llevaron un grupo de los judíos a un hospital, el cual era antes un instituto donde estudió Simón. En el trayecto, Simón piensa y reflexiona y le llama la atención un cementerio de soldados alemanes donde encima de cada tumba había un girasol.
Cuando llegaron al hospital, una enfermera se acerco a Simón y le preguntó que si era judío y que la acompañase a una habitación, en ésta se encontraba un hombre moribundo, llamado Karl, el cual era un soldado nazi. Éste cuenta a Simón todo lo que hizo, lo que maltrató y humilló a judíos y los crímenes que cometió, y le pidió perdón para poder morir en paz. Simón sin mediar palabra se fue de allí, cuando llegó al campo de concentración habló con sus amigos, los cuales apoyaron su actitud ante Karl, pero él se sentía culpable por no haberlo perdonado. Tiempo después, volvió al hospital y la enfermera le dijo que Karl había muerto y que le había pedido que le entregase sus pertenencias a Simón, él las rechazó y dijo que se las entregase a su madre y familia. Cuando Simón quedó libre decidió ir a verla y ella habló de su hijo con admiración y orgullo, cosa que Simón no fue capaz de negarle.

OPINIÓN SOBRE EL LIBRO
Mi opinión sobre el libro es buena, se conoce el punto de vista de los judíos de manera muy personal, ya que se conoce como se sienten ante los maltratos y humillaciones de los soldados. Esto te hace reflexionar acerca de como sufrieron personas simplemente por ser diferentes. También el libro refleja perfectamente como se dieron las cosas en la Segunda Guerra Mundial y plantea dilemas morales y éticos, como por ejemplo cuando Karl le preguntó a Simón ignoró dando a entender que no lo perdonaba, respuesta que se entiendo perfectamente teniendo en cuenta por lo que estaba pasando él en esos momentos, ya que Karl hizo atrocidades iguales o peores que las que Simón sufría.


RESUMEN AUTOR: Smail Balić.
Smail Balić dice que ya que han pasado treinta años de lo contado en “Los límites del perdón” podemos dar un opción mas objetiva de lo sucedido. Pienso que él tampoco hubiera perdonado es Karl, aunque cree que Simón podría haber perdonado ya que a él ese hombre moribundo no le había hecho directamente y que el perdón hubiera sido personal, no por todas las personas que habían sufrido por su culpa. Él se basa en un dicho el cual se resume en que nadie puede juzgar o perdona sino ha estado en sus mismas circunstancias. Según él ese arrepentimiento antes de morir sería dado por la necesidad de sentirse buena persona; y nadie debe cargar con los problemas de los demás siendo una persona externa a ese asunto, sólo deberá ser mediadora. Perdonar sólo puede perdonarla persona afectado co en caso de los creyentes, Dios.
Smail piensa que tanto los que realizan los crímenes como los que son testigos de ellos son culpables y que la historia está para ver el pasado y lo que ha sucedido en él.

OPINIÓN SOBRE AUTOR:
Yo estoy de acuerdo con él, excepto en que no pienso que Dios o perdona nada, aunque las personas que creen lo piensen; y en que sólo pueden juzgar y perdonar personas que hayan vivido lo mismo, porque poniéndote en el lugar de la otra persona puedes llegar a sentir lo que ella, claramente no de igual manera, pero si acercarte. Yo no hubiese perdonado en ese momento a Karl porque mató y castigó a muchas personas inocentes simplemente por el hecho de ser de otra religión.